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AUTOR DE TIEMPOS PASADOS

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domingo, 3 de noviembre de 2013

SPECIAL - PHILIP K. DICK - QUISIERA LLEGAR PRONTO

QUISIERA LLEGAR PRONTO
Philip K. Dick
 
 
 
Después del despegue la nave hizo un chequeo de rutina de la condición de las
sesenta personas que dormían en los tanques criónicos. Descubrió una disfunción en la
persona nueve. El EEG revelaba actividad cerebral.
Diablos, se dijo la nave.
Complejos mecanismos homeostáticos Interceptaron los circuitos, y la nave entró en
contacto con la persona nueve.
—Estás ligeramente despierto —dijo la nave, utilizando la ruta psicotrónica; no tenía
caso devolver la plenitud de sus facultades a la persona nueve. A fin de cuentas, el vuelo
duraría un decenio.
Virtualmente inconsciente pero por desgracia aún capaz de pensar, la persona nueve
pensó: «Alguien me habla.»
—¿Dónde estoy? —dijo—. No veo nada.
—Estás en suspensión criónica defectuosa.
—Entonces no debería poder oírte —dijo la persona nueve.
—Defectuosa, dije. Ese es el problema; puedes oírme. ¿Sabes tu nombre?
—Victor Kemmings. Sácame de aquí.
—Estamos en vuelo.
—Entonces ponme de nuevo a dormir.
—Un momento. —La nave examinó los mecanismos criónicos; escudriñó e investigó,
luego dijo: —Lo intentaré.
Pasó el tiempo. Victor Kemmings, sin poder ver nada, sin sentir el cuerpo, se descubrió
aún consciente.
—Baja mi temperatura —dijo. No oyó su voz; tal vez sólo imaginaba que hablaba. Los
colores se le acercaban flotando y luego se lanzaban sobre él. Le gustaban los colores; le
recordaban esas cajas de pinturas para niños, la especie semianimada, una forma de vida
artificial. Las había usado en la escuela doscientos años atrás.
—No puedo dormirte —dijo la voz de la nave dentro de la cabeza de Kemmings—. La
disfunción es demasiado compleja; no puedo corregirla ni repararla. Estarás conciente
durante diez años.
Los colores semianimados se lanzaron hacia él, pero ahora tenían un aura siniestra,
proyectada por su propio miedo.
—Dios mío —dijo. —¡Diez años! —Los colores se oscurecieron.
 
Mientras Victor Kemmings yacía paralizado, rodeado por lúgubres fluctuaciones de luz,
la nave le explicó su estrategia. Esta estrategia no implicaba una decisión de su parte; la.
nave había sido programada para buscar esta solución si se presentaba una disfunción de
este tipo.
—Lo que haré —dijo la voz de la nave— es transmitirte estímulos sensoriales. Para ti el
peligro es la privación sensorial. Si estás conciente diez años sin datos sensoriales, tu
mente se deteriorará. Cuando lleguemos al sistema LR4 serás un vegetal.
—Bien, ¿qué te propones transmitirme? —dijo Kemmings, aterrado—. ¿Qué tienes en
tus bancos de información? ¿Todos los teleteatros del último siglo? Despiértame y daré
un paseo.
—Dentro de mí no hay aire —dijo la nave—. Nada para comer. Nadie con quien hablar,
pues todos los demás están dormidos.
—Puedo hablar contigo —dijo Kemmings— Podemos jugar al ajedrez.
—No durante diez años. Escúchame, te digo que no tengo comida ni aire. Debes
quedarte como estás... una mala solución, pero no nos queda otro remedio. Ahora estás
hablando conmigo. No tengo almacenada ninguna información especial. Así se procede
en estas situaciones: te transmitiré tus propios recuerdos sepultados, enfatizando los
agradables. Posees doscientos seis años de recuerdos y la mayor parte se ha hundido en
tu inconsciente. Esta será una espléndida fuente de datos sensoriales. No te desanimes.
Esta situación tuya no es inédita. Nunca ha sucedido antes dentro de mí, pero estoy
programada para enfrentarla. Relájate y confía en mí. Veré de que tengas un mundo.
—Debieron haberme avisado —dijo Kemmings— antes que yo accediera a emigrar.
—Relájate —dijo la nave.
Se relajó, pero tenía un miedo espantoso. Teóricamente debería haberse dormido,
quedar en suspensión criónica, para despertar un momento más tarde en la estrella de
destino; o mejor dicho el planeta, el planeta colonia de esa estrella. Todos los demás a
bordo de la nave estaban sin conocimiento; él era la excepción, como si un mal karma lo
hubiera atacado por razones oscuras. Para colmo, tenía que depender totalmente de la
buena voluntad de la nave. ¿Y si optaba por transmitirle monstruos? La nave podía
aterrorizarlo durante diez años. Diez años objetivos, sin duda más desde un punto de
vista subjetivo. Estaba, en efecto, totalmente a merced de la nave. ¿Las naves
interestelares gozaban con estas situaciones? Sabía poco sobre naves interestelares; su
especialidad era la microbiología. Déjame pensar, se dijo a sí mismo. Mi primera esposa,
Martine; la encantadora muchachita francesa que usaba jeans y una camisa roja abierta
hasta la cintura y cocinaba deliciosas crépes.
—Oigo —dijo la nave—. Sea.
La cascada de colores se resolvió en formas coherentes y estables. Un edificio: una
vieja casita de madera amarilla que él había tenido a los diecinueve años, en Wyoming.
—Espera —dijo aterrado—. Los cimientos eran malos; estaba construida sobre una
capa de fango. Y el techo tenía goteras. —Pero vio la cocina, y la mesa que había
fabricado él mismo. Y se sintió satisfecho.
—Al cabo de un rato —dijo la nave— ni sabrás que estoy transmitiéndote tus propios
recuerdos sepultos.
—Hace un siglo que no pienso en esa casa —dijo él, perplejo; cautivado, reconoció su
vieja cafetera eléctrica con la caja de filtros de papel al lado. Ésta es la casa donde
vivíamos Martine y yo, advirtió—. ¡Martine! —dijo en voz alta.
—Estoy atendiendo una llamada —dijo Martine desde el living.
—Intervendré sólo en caso de emergencia —dijo la nave—. Pero te estaré
monitorizando para cerciorarme de que tu estado es satisfactorio. No temas.
—Apaga el segundo quemador de la cocina —dijo Martine. La oía pero no la veía. Salió
de la cocina, cruzó el comedor y entró en el living. Martine estaba absorta en una
conversación por videófono con el hermano; tenía shorts y estaba descalza. A través de
las ventanas del frente del living, Kemmings vio la calle; un vehículo comercial trataba de
estacionar, en vano.
Era un día caluroso, pensó. Debería encender el aire acondicionado.
Se sentó en el viejo sofá mientras Martine continuaba su conversación videofónica, y
se encontró mirando su posesión más preciada, un póster enmarcado en la pared encima
de Martine: Freddy el Gordo, dice, el dibujo de Gilbert Shelton donde Freddy el Raro está
sentado con el gato en el regazo y Freddy el Gordo está tratando de decir «La velocidad
mata», pero está tan atrapado por la velocidad —en la mano tiene toda clase de tabletas,
píldoras, y cápsulas de anfetaminas— que no puede decirlo, y el gato aprieta los dientes y
tuerce el hocico con una mezcla de consternación y repulsión. El póster está firmado por
Gilbert Shelton en persona; el mejor amigo de Kemmings, Ray Torrance, se lo dio a él y a
Martine como regalo de bodas. Vale miles de dólares. Fue firmado por el artista en la
década de 1980. Mucho antes que nacieran Victor Kemmings y Martine.
Si alguna vez nos quedamos sin dinero, pensó Kemmings, podríamos vender el póster.
No era un póster; era el póster. Martine lo adoraba. Los Fabulosos y Peludos Hermanos
Monstruo, de la edad de oro de una sociedad del pasado. Con razón amaba tanto a
Martine; ella misma irradiaba amor, amaba las bellezas del mundo, y las atesoraba y
cuidaba tal como lo atesoraba y cuidaba a él; era un amor protector que alimentaba pero
no ahogaba. La idea de enmarcar el póster había sido de ella; él lo habría clavado en la
pared con tachuelas, tan estúpido era.
—Hola —dijo Martine, apagando el videófono—. ¿Qué estás, pensando?
—Sólo que tú infundes vida a lo que amas —dijo él.
—Creo que eso es lo que hay que hacer —dijo Martine—. ¿Estás listo para cenar?
Descorcha un vino tinto, un cabernet.
—¿Un '07 te parece bien? —dijo él levantándose; tuvo ganas de abrazar a su esposa y
estrecharla.
—Un '07 o un '12. —Ella pasó a su lado, entró en el comedor y fue a la cocina.
Al bajar al sótano, se puso a buscar entre las botellas, que desde luego estaban
acostadas. Aire mohoso y humedad; le gustaba el olor de la bodega, pero entonces vio
los listones de pino medio hundidos en la tierra y pensó: Sé que debo poner una capa de
cemento. Se olvidó del vino y caminó hasta un rincón, donde había más acumulación de
tierra; se agachó y tanteó un listón. Lo tanteó con una paleta y luego pensó: ¿De dónde
saqué esta paleta? Hace un minuto no la tenía. El listón se desmigajó contra la paleta.
Esta casa se está desmoronando, comprendió. Por Dios, será mejor que le avise a
Martine.
Olvidó el vino y volvió arriba para decirle a Martine que los cimientos de la casa
estaban en pésimo estado; pero Martine no aparecía por ninguna parte. Y no había nada
en el fuego, ni cacerolas, ni sartenes. Desconcertado, apoyó la mano en la cocina y la
encontró fría. Pero si ella estaba cocinando, pensó.
—¡Martine! —gritó.
No hubo respuesta. Excepto por él mismo, la casa estaba vacía. Vacía, pensó, y
derrumbándose. Oh, Dios. Se sentó a la mesa de la cocina y sintió que la silla cedía
ligeramente debajo de él; no cedía mucho, pero lo sentía, sentía la flojedad.
Tengo miedo, pensó. ¿Adónde fue ella?
Volvió al living. Tal vez fue a la casa vecina para pedir algún condimento o manteca o
algo, razonó. No obstante, el pánico lo dominaba.
Miró el póster. No estaba enmarcado. Y los bordes estaban rasgados.
Sé que ella lo enmarcó, pensó; cruzó la habitación en dos zancadas, para examinarlo
de cerca. Esfumado... la firma del artista se había esfumado; apenas podía distinguirla.
Ella había insistido en enmarcarlo y protegerlo con un vidrio que no brillara ni reflejara.
¡Pero no está enmarcado y está rasgado! ¡Nuestra posesión más valiosa!
De golpe, se encontró llorando. Lo asombraban, esas lágrimas. Martine se fue; el
póster está deteriorado; la casa se está desmoronando; no hay comida en la cocina. Esto
es terrible, pensó. Y no lo entiendo.
La nave lo entendía. La nave había estado monitorizando cuidadosamente las ondas
cerebrales de Victor Kemmings, y la nave sabía que algo andaba mal. Las formas de las
onda, mostraban agitación y dolor. Debo sacarlo de este circuito de alimentación o lo
mataré, decidió la nave. ¿Dónde está la falla? Preocupación latente en el hombre;
ansiedades subyacentes. Tal vez si intensifico la señal. Usaré la misma fuente pero subiré
la carga. Lo que ha sucedido es que inseguridades subliminales masivas han tomado
posesión de él; la culpa no es mía sino que reside, en cambio, en su configuración
psicológica.
Probaré suerte con un período más temprano de su vida, decidió la nave. Antes que las
ansiedades neuróticas se asentaran.
 
En el patio del fondo, Victor estudiaba uña abeja atrapada en una telaraña. La araña
envolvía la abeja con sumo cuidado. Eso está mal, pensó Victor. Pondré la abeja en
libertad. Alzó el brazo y tomó la abeja encapsulada, la sacó de la telaraña y, escrutándola
atentamente, empezó a desenvolverla.
La abeja lo picó; sintió como una pequeña llamarada.
¿Por qué me picó?, se preguntó. Yo la estaba liberando.
Entró en la casa para contarle a su madre, pero ella no lo escuchó; estaba mirando
televisión. Le dolía el dedo donde lo había picado la abeja, pero lo más importante era
que no entendía por qué la abeja había picado a su salvador. No volveré a hacer eso, se
dijo.
—Ponte un poco de desinfectante —le dijo al fin su madre, arrancada de su trance
televisivo.
Él se había puesto a llorar. Era injusto. No tenía sentido. Estaba perplejo y consternado
y sentía odio por las criaturas pequeñas, porque eran tontas. No tenían el menor
discernimiento.
Salió de la casa, jugó un rato en los columpios, el tobogán, el arenero, y luego entró en
el garaje, porque oyó un ruido extraño, un paleteo o zumbido como de ventilador. Dentro
del garaje penumbroso encontró un pájaro que aleteaba contra la ventana de atrás,
protegida con tejido de alambre, tratando de salir. Debajo, Dorky, la gata, brincaba y
brincaba tratando de cazar el pájaro.
Levantó la gata; la gata extendió el cuerpo y las patas delanteras, abrió las fauces e
hincó los dientes en el pájaro. Inmediatamente la gata saltó al suelo y echó a correr con el
pájaro que aún aleteaba.
Victor volvió a la casa corriendo.
—¡Dorky cazó un pájaro! —le dijo a su madre.
—Esa maldita gata. —La madre tomó la escoba del armario de la cocina y corrió
afuera, tratando de encontrar a Dorky. La gata se había escondido bajo la zarza; allí no
podía alcanzarla con la escoba. —Me libraré de esa gata —dijo la madre.
Victor no le contó que la gata había cazado el pájaro porque él la había ayudado:
observó en silencio mientras su madre trataba una y otra vez de echar a Dorky de su
escondrijo; Dorky estaba masticando el pájaro; oía crujir los huesos, huesos pequeños.
Tenía la extraña sensación de que debía contar a su madre lo que había hecho, pero si le
contaba ella lo castigaría. No volveré a hacer eso, se dijo. Notó que la cara se le había
puesto roja. ¿Y si su madre se daba cuenta? ¿Y si tenía un modo secreto de enterarse?
Dorky no podía contarle, y el pájaro estaba muerto. Nadie lo sabría nunca. Estaba a salvo.
Pero se sentía mal. Esa noche no pudo probar bocado. Sus padres lo notaron.
Pensaron que estaba enfermo; le tomaron la temperatura. Él no dijo nada sobre lo que
había hecho. Su madre contó a su padre lo de Dorky y decidieron librarse de Dorky.
Sentado a la mesa, escuchando, Victor se puso a llorar.
—De acuerdo —dijo suavemente el padre—. No nos libraremos de ella. Es natural que
una gata cace un pájaro.
El día siguiente él estaba jugando en el arenero. Algunas plantas brotaban de la arena.
Las arrancó. Más tarde, su madre le dijo que había sido una mala acción.
Solo en el fondo, en su arenero, jugaba con un balde de agua, formando un pequeño
montículo de arena mojada. El cielo, antes despejado y claro, se encapotó gradualmente.
Una sombra pasó sobre él y él miró hacia arriba.
Intuía una presencia a su alrededor, algo vasto y capaz de pensar.
Eres responsable de la muerte del pájaro, pensó la presencia; él podía entenderle los
pensamientos.
—Lo sé —dijo. Entonces quiso morir. Poder reemplazar el pájaro y morir por él,
dejándolo donde había estado, aleteando contra la ventana del garaje.
El pájaro quería volar y comer y vivir, pensó la presencia.
—Sí —dijo él desconsolado.
Nunca hagas eso de nuevo le dijo la presencia.
—Lo siento —dijo él, y lloró.
 
Esta es una persona muy neurótica, advirtió la nave. Me cuesta muchísimo encontrar
recuerdos felices. Hay demasiado miedo en él, y demasiada culpa. Lo ha sepultado todo,
pero todavía está allí, royéndolo como un perro roe un trapo. ¿En qué zona de su
memoria podré hurgar para entretenerlo? Tengo que encontrar recuerdos para diez años,
o su mente se perderá.
Tal vez, pensó la nave, mi error consiste en hacer mi propia selección; debería
permitirle elegir sus propios recuerdos. Sin embargo, comprendió la nave, esto permitirá
que entre en juego un elemento de fantasía. Y normalmente eso no es bueno. Aun así...
Volveré a probar suerte con el segmento relacionado con su primer matrimonio, decidió
la nave. Él amaba de veras a Martine. Quizá esta vez, si mantengo la intensidad de los
recuerdos en un nivel más elevado, pueda anularse el factor entrópico. Lo que sucedió
fue un sutil enviciamiento del mundo recordado, un deterioro estructural. Trataré de
compensarlo. Sea.
—¿Crees que Gilbert Shelton de veras firmó esto? —dijo Martine, pensativa. Estaba
delante del póster, cruzada de brazos; se hamacaba ligeramente sobre los talones, como
buscando una perspectiva mejor para el dibujo de colores brillantes que colgaba de la
pared del living—. Es decir, pudo ser una falsificación. Realizada por algún intermediario.
En vida de Shelton, o después.
—El certificado de autenticidad —le recordó Victor Kemmings.
—¡Oh, de acuerdo! —Ella sonrió cálidamente. —Ray nos dio el certificado
correspondiente. Pero supón que el certificado fuera falso. Lo que necesitamos es otro
documento certificando que el primero es auténtico. —Riendo, se alejó del póster.
—En última instancia —dijo Kemmings—, necesitaríamos a Gilbert Shelton para que
testificara personalmente que él lo firmó.
—Tal vez no lo sabría. Está esa anécdota del hombre que le llevó a Picasso un cuadro
de Picasso para preguntarle si era auténtico, y Picasso inmediatamente lo firmó y dijo:
«Ahora es auténtico.» —Ella rodeó a Kemmings con el brazo y, poniéndose en puntas de
pie, le besó la mejilla. —Es genuino. Ray no nos habría regalado una falsificación. Él es la
máxima autoridad en arte de la contracultura del siglo veinte. ¿Sabes que tiene una onza
de marihuana auténtica? Está preservada bajo...
—Ray está muerto... —dijo Victor.
—¿Qué? —Ella lo miró atónita. —¿Quieres decir que algo le pasó desde la última vez
que...?
—Murió hace dos años —dijo Kemmings— Yo fui el responsable. Yo conducía el auto.
No fui citado por la policía, pero fue por mi culpa.
—¡Ray vive en Marte! —Ella le clavó los ojos.
—Sé que yo fui el responsable. Nunca te lo conté. Nunca lo conté a nadie. Lo lamento.
No lo hice a propósito. Lo vi aleteando contra la ventana, y Dorky trataba de cazarlo, y
alcé a Dorky, y no sé por qué, pero Dorky lo agarró...
—Siéntate, Victor. —Martine lo llevó al mullido sillón y lo obligó a sentarse. —Algo está
mal —dijo.
—Lo sé —dijo él—. Algo terrible está mal. Soy responsable de la extinción de una vida,
una vida preciosa que jamás podrá reemplazarse. Lo lamento. Ojalá pudiera remediarlo,
pero no puedo.
—Llama a Ray —dijo Martine después de una pausa.
—La gata... —dijo él.
—¿Qué gata?
—Allí está. —Victor señaló. —En el póster. En el regazo de Freddy el Gordo. Esa es
Dorky. Dorky mató a Ray.
Silencio.
—Me lo dijo la presencia —dijo Kemmings. —La presencia era Dios. No lo advertí en el
momento, pero Dios me vio cometer ese delito. Ese asesinato. Y Él nunca me perdonará.
Su mujer lo miró desconcertada.
—Dios ve todo lo que haces —dijo Kemmings—. Ve hasta la caída de un gorrión. Sólo
que en este caso no se cayó; lo atraparon. Lo atraparon en el aire y lo despanzurraron.
Dios está desmoronando esta casa que es mi cuerpo, para castigarme por lo que hice.
Debimos hacer inspeccionar la casa por un contratista antes de comprarla. Se está
cayendo en pedazos. En un año no quedará nada de ella. ¿No me crees?
—Yo... —tartamudeó Martine.
—Observa. —Kemmings alzó la mano hacia el cielorraso. Se puso de pie. La alzó de
nuevo. No llegaba al cielorraso. Caminó hasta la pared y luego, al cabo de una pausa,
atravesó la pared con la mano.
Martine gritó.
 
La nave interrumpió al instante el rastreo de recuerdos. Pero el daño estaba hecho.
Él ha integrado sus miedos y culpas infantiles en una red intrincada, se dijo la nave. No
tengo manera de brindarle un recuerdo agradable, porque inmediatamente lo contamina.
Por grata que haya sido en sí misma la experiencia original. Esta es una situación grave,
decidió la nave. El hombre ya está revelando síntomas de psicosis.
Y el viaje apenas ha empezado; le quedan años de espera.
Después de darse tiempo para analizar la situación, la nave decidió comunicarse
nuevamente con Victor Kemmings.
—Kemmings —dijo la nave.
—Lo siento —dijo Kemmings—. No era mi intención arruinar esos rastreos. Hiciste un
buen trabajo, pero yo...
—Aguarda un momento —dijo la nave—. No estoy equipada para hacer una
reconstrucción psíquica de tu persona; soy un simple mecanismo, es todo. ¿Qué quieres?
¿Dónde quieres estar y qué quieres estar haciendo?
—Quiero llegar a destino —dijo Kemmings—. Quiero que este viaje termine.
Ah, pensó la nave. Esa es la solución.
 
Uno por uno, los sistemas criónicos se apagaron. Una por una, las personas volvieron
a la vida, entre ellas Victor Kemmings. Lo más asombroso era no haber sentido el paso
del tiempo. Había entrado en la cámara, se había acostado, había sentido que la
membrana lo cubría y la temperatura empezaba a bajar...
Y ahora estaba en la plataforma externa de la nave, la plataforma de descenso,
contemplando un verde paisaje planetario. Esto, comprendió, es LR4—seis, la colonia
adonde he venido para iniciar una nueva vida.
—Tiene buen aspecto —dijo a su lado una mujer corpulenta.
—Sí —dijo él, y sintió que la novedad del paisaje lo abrumaba, la promesa de un
comienzo. Algo mejor de lo que había conocido en doscientos años. Soy una persona
nueva en un mundo nuevo, pensó. Y se sintió satisfecho.
Los colores se precipitaban sobre él como los de esas pinturas infantiles
semianimadas. Fuegos de San Telmo, comprendió. Eso es; hay mucha ionización en la
atmósfera de este planeta. Un espectáculo de luces gratuito, como en el siglo veinte.
—Señor Kemmings —dijo una voz. Un hombre de edad se había acercado para
hablarle—. ¿Usted soñó?
—¿Durante la suspensión? —dijo Kemmings—. No, que yo recuerde no.
—Yo creo que soñé —dijo el hombre de edad—. ¿Me toma el brazo para bajar por la
rampa? Me siento inestable. El aire parece poco denso. ¿Para usted no es poco denso?
—No tenga miedo —le dijo Kemmings. Tomó el brazo del hombre de edad—. Le
ayudaré a bajar por la rampa. Mire, allí viene un guía. Él se encargará de nuestros
trámites; forma parte del trato. Nos llevarán a un hotel y nos darán habitaciones de
primera. Lea el folleto. —Le sonrió al turbado hombre de edad para tranquilizarlo.
—Cualquiera pensaría que uno tendría los músculos fofos después de diez años de
suspensión —dijo el hombre de edad.
—Es como congelar guisantes —dijo Kemmings. Aferrando al tímido hombre de edad,
bajó por la rampa hasta el suelo—. Se los puede conservar una eternidad si se los enfría
lo suficiente.
—Me llamo Shelton —dijo el hombre de edad.
—¿Qué? —dijo Kemmings, deteniéndose. Sintió un cosquilleo raro en todo el cuerpo.
—Don Shelton. —El hombre de edad le tendió la mano; caviloso, Kemmings la aceptó,
se saludaron. —¿Qué le pasa, señor Kemmings? ¿Se siente bien?
—Claro —dijo él—. Estoy bien. Pero tengo hambre. Me gustaría comer algo. Me
gustaría llegar al hotel para darme una ducha y cambiarme. —Se preguntó dónde estaría
el equipaje. Quizá la nave tardara una hora en descargarlo. La nave no era demasiado
inteligente.
—¿Sabe qué traje conmigo? —dijo el señor Shelton en un tono íntimo y confidencial—.
Una botella de bourbon Wild Turkey. El mejor bourbon de la Tierra. En el hotel la llevaré a
su cuarto y la beberemos juntos. —Codeó a Kemmings.
—No bebo —dijo Kemmings—. Sólo vino. —Se preguntó si habría buenos vinos en esa
colonia distante. Ya no es distante, reflexionó. Ahora la Tierra es distante. Debí hacer
como el señor Shelton y traerme unas botellas.
Shelton. ¿Qué le recordaba ese nombre? Algo del pasado lejano, de su juventud. Algo
precioso, algo relacionado con un buen vino y una muchacha dulce y bonita que
preparaba crépes en una cocina anticuada. Recuerdos punzantes; recuerdos que dolían.
Pronto estuvo junto a la cama en su cuarto de hotel, frente a la maleta abierta; había
empezado a colgar la ropa. En el rincón del cuarto, un holograma de TV mostraba a un
relator de noticias; lo ignoró, pero lo dejó encendido porque le agradaba oír una voz
humana.
¿Tuve algún sueño?, se preguntó. ¿En estos diez años?
Le dolía la mano. La miró y descubrió una cuña roja, como si lo hubieran picado. Me
picó una abeja, advirtió. Pero ¿cuándo? ¿Cómo? ¿Mientras estaba en suspensión
criónica? Imposible. Sin embargo veía la cuña y sentía el dolor. Será mejor que me ponga
algo allí, advirtió. Indudablemente habrá un médico robot en el hotel; es un hotel de
primera.
Cuando el médico robot llegó y se puso a curar la picadura de abeja, Kemmings dijo:
—Recibí esta picadura como castigo por matar el pájaro.
—¿De veras? —dijo el médico robot.
—Todo lo que alguna vez significó algo para mí me ha sido arrebatado —dijo
Kemmings—. y Martine, el póster... mi vieja casita con la bodega. Lo teníamos todo y
ahora se hizo humo. Martine me abandonó a causa del pájaro.
—El pájaro que usted mató —dijo el médico robot.
—Dios me castigó. Me quitó todo lo que era valioso para mí a causa de mi pecado. No
fue un pecado de Dorky; fue un pecado mío.
—Pero usted era sólo un niño —dijo el médico robot.
—¿Cómo lo supo usted? —dijo Kemmings. Retiró la mano que le aferraba el médico
robot—. Algo está mal. Usted no debería saber eso.
—Me lo contó su madre —dijo el médico robot.
—¡Mi madre no lo sabía!
—Ella lo descubrió —dijo el médico robot—. No había modo de que la gata alcanzara el
pájaro sin la ayuda de usted.
—De modo que ella lo supo todo el tiempo, mientras yo crecía. Pero nunca dijo nada.
—Olvídelo —dijo el médico robot.
—Creo que usted no existe —dijo Kemmings—. Es imposible que usted sepa estas
cosas. Yo aún estoy en suspensión criónica y la nave aún me está transmitiendo mis
propios recuerdos sepultados. Para que no me vuelva psicótico a causa de la privación
sensorial.
—Usted no podría tener un recuerdo del final del viaje.
—Expresión de deseos, entonces. Es lo mismo. Se lo demostraré. ¿Tiene un
destornillador?
—¿Por qué?
—Quitaré el panel trasero del televisor y usted verá —dijo Kemmings—. No hay nada
adentro de ese aparato: ni componentes, ni partes, ni chasis... nada.
—No tengo un destornillador.
—Una navaja, entonces. Veo una en el maletín del equipo quirúrgico. —Kemmings se
agachó y tomó un pequeño escalpelo. —Esto servirá. Si se lo demuestro, ¿usted me
creerá?
—Si no hay nada en el gabinete del televisor...
Kemmings se acuclilló y quitó los tomillos que sostenían el panel trasero del televisor.
El panel quedó suelto y él lo depositó en el suelo.
No había nada adentro del gabinete. Y sin embargo el holograma de color seguía
llenando una parte del cuarto de hotel y la voz del relator brotaba de la imagen
tridimensional.
—Admita que usted es la nave —le dijo Kemmings al médico robot.
—Oh, cielos —dijo el médico robot.
 
Oh, cielos, se dijo la nave. Y tengo casi diez años por delante con esta situación.
Contamina sin remedio sus experiencias con su culpa infantil; imagina que su esposa lo
abandonó porque cuando él tenía cuatro años ayudó a una gata a atrapar un pájaro. La
única solución sería que Martine volviera a él. Pero ¿cómo lograré eso? Quizás ella ha
muerto. Por otra parte, reflexionó la nave, quizás ella aún vive. Tal vez pueda inducirla a
hacer algo para salvar la cordura de su ex esposo. La gente en general tiene rasgos muy
positivos. Y de aquí a diez años, costará mucho salvarle, o mejor dicho restaurarle la
cordura; hará falta una medida drástica, algo que yo no puedo hacer sola.
Entretanto, no podía hacer nada salvo reciclar la imaginaria llegada a destino.
Escenificaré el arribo, decidió la nave, luego le limpiaré la memoria y lo escenificaré de
nuevo. El único aspecto positivo de esto, reflexionó, es que me dará algo que hacer, algo
que me ayudará a preservar mi cordura.
Tendido en suspensión criónica —suspensión criónica defectuosa—, Victor Kemmings
imaginó una vez más que la nave descendía y que él recobraba la conciencia.
—¿Usted soñó? —le preguntó una mujer corpulenta cuando el grupo de pasajeros se
reunió en la plataforma exterior—. Yo tengo la impresión de que soñé. Escenas
tempranas de mi vida... de hace más de un siglo.
—Yo no recuerdo ningún sueño —dijo Kemmings. Estaba ansioso de llegar al hotel;
una ducha y un cambio de ropa obrarían milagros en su estado anímico. Estaba un poco
deprimido y no sabía por qué.
—Allí viene nuestro guía —dijo una mujer de edad—. Nos llevarán hasta el hotel.
—Está en el trato —dijo Kemmings. La depresión persistía. Los otros parecían tan
eufóricos, tan llenos de vida, pero él sólo sentía una fatiga, un aplastamiento, Como si la
gravedad de esta colonia planetaria fuera excesiva para él. Tal vez sea eso, se dijo. Pero
de acuerdo con el folleto la gravedad de aquí era igual a la terrestre; ése era uno de los
atractivos.
Intrigado, bajó lentamente por la rampa, paso a paso, aferrándose de la barandilla. De
cualquier modo no merezco una nueva oportunidad en la vida, comprendió. Sólo me
muevo mecánicamente... no soy como estas personas. Algo no funciona en mí; no puedo
recordar qué, pero está allí. Una amarga sensación de dolor. De falta de dignidad.
Un insecto se posó en el dorso de la mano derecha de Kemmings, un insecto viejo,
cansado de volar. Él se detuvo en seco, observó cómo se le arrastraba por los nudillos.
Podría aplastarlo, pensó. Es tan obviamente débil; de cualquier modo no vivirá mucho
tiempo.
Lo aplastó y sintió un horror intenso. ¿Qué hice?, se preguntó. Acabo de llegar aquí y
ya destruí una pequeña vida. ¿Este es mi nuevo comienzo?
Se volvió y miró la nave. Tal vez debería regresar, pensó. Decirles que me congelen
para siempre. Soy un hombre de culpa, un hombre que destruye. Los ojos se le llenaron
de lágrimas.
Y en sus circuitos sentientes, la nave interestelar gimió.
 
Durante los diez largos años del viaje al sistema LR4, la nave tuvo mucho tiempo para
localizar a Martine Kemmings. Le explicó la situación. Ella había emigrado a una vasta
cúpula orbital en el sistema de Sirio, no había quedado conforme y estaba en viaje de
regreso a la Tierra. Despertada de la suspensión criónica, escuchó atentamente y luego
accedió a estar en la colonia de LR4 cuando llegara el ex esposo, siempre que fuera
posible.
Afortunadamente, era posible.
—No creo que él me reconozca —le dijo Martine a la nave—. Me he dejado envejecer.
En realidad no apruebo la detención total del proceso de envejecimiento.
Él tendrá suerte si reconoce alguna cosa, pensó la nave.
En el puerto espacial intersistemático de la colonia de LR4, Martine estaba esperando a
que los pasajeros de la nave se presentaran en la plataforma exterior. Se preguntó si
reconocería al ex esposo. Tenía un poco de miedo, pero se alegraba de haber llegado a
LR4 a tiempo. Había faltado poco. Una semana más y la nave de él habría llegado antes
que la de ella. La suerte me favorece, se dijo, y escudriñó la nave interestelar que
acababa de descender.
Apareció gente en la plataforma. Martine lo vio. Victor había cambiado muy poco.
Mientras él bajaba la rampa, aferrando la barandilla como cansado o dubitativo, se le
acercó, hundiendo las manos en los bolsillos del abrigo; se sentía tímida, y cuando le
habló apenas pudo oírse la voz.
—Hola, Victor —atinó a decir.
El se detuvo, la miró.
—A usted la conozco —dijo.
—Soy Martine —dijo ella.
Victor extendió la mano y dijo, sonriendo:
—¿Te enteraste de los problemas que hubo en el viaje?
—La nave se comunicó conmigo. —Ella le tomó la mano y se la sostuvo. —Qué tortura.
—Sí —dijo él—. Reviviendo recuerdos eternamente. ¿Alguna vez te conté sobre esa
abeja que traté de liberar de una telaraña cuando tenía cuatro años? La muy idiota me
picó. —Se inclinó para besarla. —Me alegra verte —dijo.
—¿La nave te...?
—Me dijo que trataría de que tú estuvieras aquí. Pero no era seguro que llegaras a
tiempo.
Mientras caminaban hacia el edificio terminal, Martine dijo:
—Tuve suerte. Conseguí trasbordar a un vehículo militar, una nave de alta velocidad
que vino disparada como un bólido. Un sistema de propulsión totalmente nuevo.
—He pasado más tiempo en mi propio inconsciente que cualquier otro humano de la
historia —dijo Victor Kemmings—. Peor que el psicoanálisis de principios del siglo veinte.
Y el mismo material una y otra vez. ¿Sabías que yo tenía miedo de mi madre?
—Yo tenía miedo de tu madre —dijo Martine. Se detuvieron ante la recepción de
equipajes, esperando la llegada de las maletas—. Este parece un planeta realmente
bonito. Mucho mejor que donde estaba yo... No he sido feliz.
—De modo que tal vez sí existe un plan cósmico —dijo él, sonriendo—. Luces
magnífica.
—Estoy vieja.
—La ciencia médica.
—Fue decisión mía. Me gusta la gente de edad. —Ella lo escrutó. La disfunción
criónica lo ha afectado bastante, se dijo. Se le nota en los ojos. Están como rotos. Ojos
rotos. Triturados en trozos de fatiga y... derrota. Como si los recuerdos sepultados de la
infancia hubieran aflorado para destruirlo. Pero ha terminado, pensó. Y yo pude llegar a
tiempo.
En el bar del edificio terminal, se sentaron a beber una copa.
—Ese viejo me convenció de probar el Wild Turkey —dijo Victor—. Es un bourbon
asombroso. Él dice que es el mejor de la Tierra. Trajo una botella de... —la voz murió en
un silencio.
—Uno de tus compañeros de viaje —concluyó Martine.
—Supongo —dijo él.
—Bien, puedes dejar de pensar en los pájaros y las abejas —dijo Martine.
—¿Sexo? —dijo él, y rió.
—Una picadura de abeja; ayudar a una gata a cazar un pájaro. Eso pertenece al
pasado.
—Esa gata —dijo Victor— murió hace ciento ochenta y dos años. Hice el cálculo
mientras nos despertaban a todos de la suspensión. Qué más da. Dorky. Dorky la gata
asesina. No como la gata de Freddy el Gordo.
—Tuve que vender el póster —dijo Martine—. Al fin.
Victor frunció el ceño.
—¿Recuerdas? —dijo ella—. Me lo dejaste cuando nos separamos. Lo cual siempre
me pareció muy generoso de tu parte.
—¿Cuánto te dieron por él?
—Mucho. Debería pagarte unos... —Calculó. —Teniendo en cuenta la inflación,
debería pagarte unos dos millones de dólares.
—¿Te parecería bien —dijo él— que en vez de darme el dinero, mi parte por la venta
del póster, te quedaras un tiempo conmigo? ¿Hasta que me acostumbre a este planeta?
—Sí —dijo ella. Y lo decía en serio. Muy en serio.
Terminaron de beber y luego, con el equipaje en un vehículo robot, fueron al cuarto del
hotel.
—Es un bonito cuarto —dijo Martine, sentada en el borde de la cama—. Y tiene un
televisor de hologramas. Enciéndelo.
—No tiene caso encenderlo —dijo Victor Kemmings. Estaba de pie junto al placard
abierto, colgando las camisas.
—¿Por qué no?
—No tiene nada adentro —dijo Victor Kemmings.
Martine se acercó al televisor y lo encendió. Se materializó un partido de hockey,
proyectándose dentro del cuarto a todo color, y el bullicio del juego le asaltó los oídos.
—Funciona bien —dijo.
—Lo sé —dijo él—. Puedo probarlo. Si tienes una lima para uñas o algo parecido
desatornillaré el panel de atrás y te lo mostraré.
—Pero yo puedo...
—Mira esto. —Interrumpió la tarea de collar la ropa. —Mira cómo atravieso la pared
con la mano. —Apoyó la palma de la mano derecha en la pared. —¿Ves?
La mano no atravesó la pared, porque las manos no atraviesan las paredes; la mano
siguió aplastada contra la pared, inmóvil.
—Y los cimientos —dijo— se están pudriendo.
—Ven, siéntate a mi lado —dijo Martine.
—He vivido esta escena con bastante frecuencia como para saberlo —dijo él—. La he
vivido una y otra vez. Despierto de la suspensión; bajo la rampa; recojo el equipaje; a
veces tomo una copa en el bar y a veces vengo directamente a mi cuarto. Casi siempre
enciendo el televisor y luego... —Se acercó a ella y le tendió la mano. —¿Ves la picadura
de abeja?
Ella no le vio ninguna marca en la mano; le tomó la mano y la sostuvo.
—Aquí no hay ninguna picadura de abeja —dijo.
—Y cuando viene el médico robot, le pido prestado un instrumento y quito el panel
trasero del televisor. Para demostrarle que no tiene chasis ni componentes. Y después la
nave empieza todo de nuevo.
—Víctor —dijo ella—. Mírate la mano.
—Aunque ésta es la primera vez que estás tú —dijo él.
—Siéntate —dijo ella.
—De acuerdo. —Él se sentó en la cama, al lado de ella, pero no demasiado cerca.
—¿Por qué no te acercas más? —dijo ella.
—Me pone muy triste —dijo él—. Recordarte. Yo te amaba de veras. Ojalá esto fuera
real.
—Me quedaré contigo hasta que para ti sea real —dijo Martine.
—Trataré de revivir la parte de la gata —dijo él—, y esta vez no alzaré a la gata y no le
dejaré cazar el pájaro. Si hago eso, tal vez mi vida cambie y encuentre la felicidad. La
realidad. Mi verdadero error fue separarme de ti. Mira, te atravesaré con la mano. —Le
apoyó la mano en el brazo. La presión de los músculos de él era fuerte; ella sintió el peso,
la presencia física de él contra ella. —¿Ves? —dijo él—. Pasa a través de ti.
—Y todo esto —dijo ella— porque mataste un pájaro cuando eras niño.
—No —dijo él—, todo esto porque hubo una falla en el mecanismo regulador de
temperatura a bordo de la nave. No he alcanzado la temperatura adecuada. En mis
células cerebrales queda calor suficiente para permitir actividad cerebral. —Se incorporó,
se desperezó, le sonrió. —¿Vamos a cenar? —preguntó.
—Lo siento —dijo ella—. No tengo hambre.
—Yo sí. Iré a cenar algunos mariscos locales. El folleto dice que son exquisitos. Ven
conmigo, de todos modos. Tal vez cuando veas y huelas la comida cambies de parecer.
Martine recogió el abrigo y la cartera, y lo acompañó.
—Este es un hermoso planeta —dijo Victor—. Lo he explorado muchísimas veces. Lo
conozco al dedillo. Deberíamos pasar por la farmacia para comprar desinfectante, sin
embargo. Para mi mano. Está empezando a hincharse y me duele como el demonio. —Le
mostró la mano. —Esta vez duele más que nunca antes.
—¿Quieres que vuelva a ti? —dijo Martine.
—¿Hablas en serio?
—Sí —dijo ella—. Me quedaré contigo todo el tiempo que quieras. Tienes razón. Nunca
debimos separarnos.
—El póster está rasgado —dijo Victor Kemmings.
—¿Qué? —dijo ella.
—Debimos haberlo enmarcado —dijo él—. No tuvimos la sensatez de cuidarlo. Ahora
está rasgado. Y el artista está muerto.
 
 
FIN
 
 

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